Reproducimos, por su interés, una amplia entrevista publicada por la revista cultural española Jot Down con el fundador y actual vocal del Comité Científico Asesor en Radiofrecuencias y Salud (CCARS), Antonio Hernando, en la que el profesor, máximo responsable del Instituto de Magnetismo Aplicado (IMA) y miembro de la Real Academia de las Ciencias, hace un repaso a toda su actividad relacionada con su especialidad científica, y en la que hace referencia al destacado papel del CCARS a la hora de aclarar las falsas creencias que circulan alrededor de las radio frecuencias y la salud:

Como el famoso gato de Schrödinger, se diría que Antonio Hernando existe en una superposición de estados cuánticos. Uno de ellos es el profesor Hernando, catedrático de la Complutense, director de un puntero instituto de investigación (Instituto de Magnetismo Aplicado, IMA), miembro de la Real Academia de Ciencias, prestigioso científico de renombre internacional. El otro es Toni, un tipo intenso, jovial, con miles de amigos, leal a sus causas. Si el felino imaginado por la escuela de Copenhague se mueve entre la existencia y la nada hasta que abrimos la caja que lo aprisiona, también Antonio oscila, antes de que la entrevista colapse su función de onda, entre el investigador y el profesor, entre el científico reflexivo y el intelectual apasionado, entre el templario, ya maduro, que ha dedicado su vida al trabajo y el muchacho que todavía se apasiona frente a unos bellos ojos negros.

En este momento, la ciencia ocupa un rol central en nuestras sociedades y en nuestra visión del mundo, que ha pasado de ser jerárquica, naturalista, teológica a modernista, tecnócrata, democrática y científica, o eso creemos. Empezamos por una pregunta clásica: todavía hay quien sostiene que Dios y la ciencia no son incompatibles y, sin embargo, tanto la cosmología como la teoría de la evolución nos lo ponen bastante difícil. ¿Tú crees que la ciencia ha matado a Dios o Dios estaba bien muerto y la ciencia no ha hecho nada más que poner nuevos clavos en el ataúd?

Yo creo que la ciencia está arrinconando toda esa ideología basada en un Dios creador de todo. Yo no creo que haya matado a Dios, sino que más bien lo ha reducido. Yo lo que nunca sabré es hasta dónde va a llegar la ciencia. Un ejemplo muy sencillo: sabemos que los cuerpos con masa se atraen con una fuerza proporcional a su masa e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa, pero no sabemos la razón por la que esto es así. ¿Por qué el cuadrado de la distancia y no el cubo? ¿Por qué proporcional a las masas y no a su cuadrado u otra potencia? No lo sabemos. Quizás lo averiguaremos un día, o no. Ciertamente, mientras haya cosas que no se sepan o que la ciencia no haya llegado a explicar todavía, cada uno que piense lo que quiera. No es un tema que a mí me preocupe desde una perspectiva científica eso de Dios, pero quiero decir que evidentemente no lo mata la ciencia, sino que lo pone en su sitio y lo va desbancando de lugares inapropiados… y al final a lo mejor no queda resquicio, o sí.

Tu respuesta está en la línea de otros grandes científicos. Sin embargo nos encontramos, por ejemplo, con otros como Richard Dawkins, que considera que su obligación es proclamar la nueva religión del ateísmo. ¿Es realmente este activismo algo que el científico debe hacer en cuanto científico o crees que, como tiene la obligación de dudar de todo, incluyendo su propia creencia, debe ser moderado o indiferente?

Yo creo que el científico debe denunciar y ser combativo y activista para desmontar las explicaciones falsas que han venido dando los relatos religiosos de cómo han sucedido las cosas. Ahora, yo no perdería ningún tiempo en ser combativo con esas zonas del extrarradio a las que no ha llegado la ciencia, ¿por qué voy a ser yo combativo con eso? Ser prudente es mucho más acorde con una mentalidad científica, no ser fanático de nada de lo desconocido. Dawkins es un tío muy divertido y lo pasamos bien leyendo sus libros, pero parece que ha encontrado un filón y es repetitivo. Yo estoy de acuerdo con Edward O. Wilson cuando afirma que es más brillante como divulgador que como científico. Desde luego no soy creyente, pero no me pone nervioso y respeto mucho a los que lo son. Lo que me pone nervioso es que en nombre de la fe, o de Aristóteles, expliquen cómo funciona el mundo.

Antonio Hernando Para JD 5 768x513

¿Es un lugar común que la ciencia beneficie a la sociedad, al ciudadano de a pie? ¿Ha hecho la ciencia más culta a nuestra sociedad? ¿Está contribuyendo a liberarnos o a esclavizarnos más efectivamente?

Son preguntas muy difíciles para mí, porque no tengo mucha información al respecto. Yo creo que no hay ninguna actividad humana que no sea ambivalente en sus consecuencias. El coche es un beneficio para la sociedad y estamos todos locos con los atascos, el consumo de gasolina, las consecuencias en la salud… Lo que es inevitable es que la ciencia y la tecnología avanzan y nadie las puede frenar, ni las religiones ni las ideologías. En general, yo creo que la contribución de la ciencia ha sido positiva.

El otro día escribía Jorge Wagensberg un artículo en El País, sobre el libro Sapiens, de Harari, donde se afirma que la característica crucial de nuestra especie es que somos capaces de creernos nuestras propias imaginaciones. En ese sentido, para el hombre en el fondo todo son religiones, trucos de nuestra mente para explicarnos la complejidad del mundo. La religión es uno de los factores que nos ha hecho evolucionar, tiene una parte positiva y se ha ido sustituyendo a medida que se ha ido desarrollando el cerebro y los métodos del conocimiento por la Ilustración y ahora por la ciencia. La ciencia es quizás la actividad más satisfactoria desde el punto de vista del conocimiento. Consecuentemente, la tarea más bella que pueda hacer un cerebro es constatar, reflexionar científicamente sobre su propio origen. En ese sentido el proceso es inevitable y bueno. Ahora, todo lo que es desarrollo conlleva una dialéctica y al mismo tiempo que generas una cosa, generas su contraria. Las bombas atómicas son producto de la ciencia, pero también la radioterapia contra el cáncer, dos aspectos del mismo descubrimiento, uno que puede usarse para la destrucción, otro que permite que vivamos más y en algunas ocasiones mejor.

¿Tienes un certificado médico en el que se te prohíbe hablar de filosofía igual que lo tenía Paco Ynduráin?

Sí, tengo un certificado médico. La frase es una broma de Gell-Man que nos contó a Paco y a mí en unas reuniones que hacía Alberto Portera, el excelente neurólogo, en su casa. Invitaba a artistas y a científicos; venían Antonio LópezSauraChillida… También íbamos Paco Ynduráin, otros científicos y yo. Una vez vino el Premio Nobel de Física Gell-Man, cuya mujer hacía poemas, y dijo que no iba a hablar nada en esa reunión, pero que a cambio su mujer nos leería dieciocho de sus mejores poemas, y Paco me susurró: «Caramba, hay que decirle que a nosotros también nos ha prohibido el médico hablar de filosofía».

La filosofía es el marco del conocimiento, lo que define su enorme relevancia, y su respeto a lo conocido es condición necesaria para su desarrollo digno. A mí me gusta mucho la filosofía cuando trata sobre lo desconocido, e incluso sobre lo conocido siempre que construya sobre ese conocimiento. Hay un terreno en el que los filósofos pueden especular lo que quieran y los religiosos pueden tener su fe, pero lo que está bien establecido, que lo estudien antes de proseguir. Me pone nervioso que se filosofe sobre lo que no se tiene que filosofar y que los curas hablen sobre lo que no tienen que hablar.

La ciencia y la tecnología nos dirigen a un mundo ciertamente más automatizado donde no solo la inteligencia, sino el poder, el dinero y la capacidad de tomar decisiones se concentran en élites intelectuales y científicas cada vez más reducidas, mientras que el ciudadano de a pie se arriesga a ver su trabajo sustituido por máquinas y a vegetar; ¿quizá estamos evolucionando hacia el nuevo siervo de la gleba, hacia otra raza?

En el libro El transhumanismo, de Luc Ferry, que fue ministro del Gobierno de Francia, se abordan estos problemas de los cambios que puede haber con una tecnología que por vez primera en la historia puede modificar la naturaleza humana. Él analiza tres frentes: la ingeniería genética, la inteligencia artificial y las conexiones de la mente con las máquinas.

Todo esto puede producir, por ejemplo en el caso de los avances en biomedicina, un aumento de las desigualdades. Hasta ahora, los que pensamos de manera más científica creemos que todo lo que sucede es fruto de lo estocástico, de lo aleatorio, del azar, de la evolución, que es la base. Pero pasar de una naturaleza humana que en lugar de estar condicionada por la suerte está condicionada por el diseño supone un cambio radical porque los que puedan hacer todo eso fabricarán una clase de personas que podría considerarse de otra raza, con privilegios. 

Hasta ahora el objetivo de la medicina era curar al que estaba enfermo, sin embargo ahora también puede mejorar a los sanos y hacer que vivan más años, y cuanto más dinero tengas, más puedes mejorar. ¿Qué es lo importante? Lo que dice este hombre, y estoy de acuerdo con él, es que a pesar de todos esos riesgos, estos desarrollos son inevitables. Lo importante es saber en qué situación estamos y cómo esta exponencial modificaría la naturaleza humana. Debemos sentarnos, pensar en los riesgos, hablar del tema y de cómo regular, cosa que en las universidades y en la política científica de Estados Unidos están tratando, pero en Europa no se lo ha planteado aún ningún Gobierno. 

Nos imaginamos al científico heroico en su laboratorio: Röntgen, Marie Curie, Amundsen, Ramón y Cajal… Sin embargo, la manera de hacer ciencia está cambiando enormemente. Ahora los avances científicos precisan de una inversión cada vez mayor y los descubrimientos heroicos individuales cada vez son más infrecuentes. Parece que estamos en la famosa fase de los retornos disminuidos. Los equipos de gente cada vez son mayores, las inversiones millonarias y salen cada vez menos resultados. ¿Tú qué opinas? ¿Qué consecuencias le ves a esto?

Es cierto, ahora son mucho más importantes los equipos, y resulta crucial para el investigador saber estar en grupos buenos. Aunque siempre destaca el que es muy inteligente, algunos que no son tan brillantes pueden ser igualmente productivos si están en el sitio adecuado. Nos decía mi mentor Salvador Velayos que cuando conoció a Goudsmit en Harvard le dijo: «Qué barbaridad, qué mérito el suyo haber encontrado la existencia del spin del electrón». Y él le respondió: «Si no hubiera sido yo, habría sido el becario siguiente». En los grupos que están trabajando bien, pones ahí a una persona y funciona. Ya no hay tantos investigadores heroicos individuales.

Quizá lo preocupante es el extremo, en grupos de mil investigadores o más te arriesgas a meterte en un sistema en el que necesitas tanta disciplina que te cargas la creatividad, es muy difícil que sobresalga alguien porque sea brillante.

Lo que es evidente es que eso empieza a funcionar así, que al final, cuando haya ya un cúmulo de experiencia de grupos de ese calibre como los del CERN, será cualitativamente distinto. Creo que no tiene nada que ver con la idea que tenemos nosotros, los antiguos grupos de investigación, más libres a la creatividad individualizada. Ahora muchos equipos son un conjunto de investigadores muy disciplinado y estrictamente dirigido. La creatividad, el ingenio, se gestionarán de una manera distinta. La pregunta también tiene una componente económica; encontrar el bosón de Higgs fíjate lo que ha costado, y ahora queda el próximo paso… Llegará un momento en que sí que va a ser un problema real.

Todos estamos de acuerdo en que la ciencia es la gallina de los huevos de oro y que en España parecemos empeñados en matarla. Los últimos cinco años han sido bastante catastróficos para la ciencia en España. ¿Cómo valoras tú el problema y cuál crees que sería la solución para resolverlo?

Una cosa importante a medio plazo es la enseñanza. Que haya vocaciones de estudiantes buenos y se prime la excelencia. Me parece fundamental que los estudiantes se relacionen con la ciencia en el bachillerato. Creo que sembrar ese interés en la base es fundamental y hay que aprovechar todas las oportunidades para intentarlo. En el IMA vamos a dar cursos a los profesores de institutos y colegios de la zona noroeste de la Comunidad de Madrid. Me gustaría enseñar a los profesores de secundaria que es fundamental atraer a los estudiantes. Cuando hay profesores buenos, eso hay que cuidarlo. Con buenos maestros, la ley de educación y las normas, aunque importantes, pierden el primer orden de relevancia.

El problema es que a la gente, a la sociedad, no le llega la ciencia de forma atractiva. A mí me gusta el libro de Carlo RovelliSeven Brief Lessons on Physics. Se lo he regalado a amigos que no son científicos y me han dicho: «Oye, he entendido la física, ¡qué bonito es eso!». La labor de divulgación de un científico tiene que ser equivalente a la labor que hace un músico de una orquesta. Es importante hacer un esfuerzo para que a la gente le llegue la ciencia como nos llega la música tocada por la orquesta, que no nos den la partitura. Si en un concierto me dan la partitura de un cuarteto del barroco, aunque me sepa el do re mi, es que no sé ni por dónde empiezan ni en qué clave están. Es que la mayoría no nos enteramos de nada. Si en los conciertos nos dieran la partitura, esa mayoría saldríamos corriendo. En ciencia pasa lo mismo. Todo el mundo tendría que saber, sin fórmulas, lo que es un átomo y no lo sabe nadie. Ahora bien, lo que hace el músico, es interpretar la partitura con su instrumento, no leérnosla. Los científicos creemos que divulgar es contar al público lo que hacemos sin tener en cuenta que el público no sabe leer la partitura. Poner fórmulas o contar un experimento no le importa a nadie. Interpretar; eso es divulgar. 

¿Las matemáticas son parte de la ciencia, o son un lenguaje de la ciencia? Estamos en 1920 o 1930, Dirac examina su ecuación, mira las soluciones de energía negativa de su ecuación matemática y asegura: «Mi ecuación está bien, por tanto, existe la antimateria». Hasta ese momento ese concepto no existe en la mente de Dirac, ni siquiera existe en el lenguaje humano. La naturaleza ya ha creado la antimateria, está ahí desde el principio de los tiempos, pero el hombre descubre la existencia de la antimateria no haciendo un experimento, sino estudiando una ecuación que él mismo ha creado. Y, sin embargo, las matemáticas dicen que eso está ahí, ¿quién ha puesto esto ahí?, ¿Platón?, ¿Dios?, ¿la naturaleza?, ¿somos parte de la naturaleza? 

Es una pregunta maravillosa, es la clave. Ya le pasó a Maxwell con las matemáticas, observó que a la ecuación que describía el teorema de Ampere le faltaba un término para ser matemáticamente coherente y añadiendo el término correcto que faltaba descubrió la naturaleza de la luz. Modestamente, estoy de acuerdo con lo que dijo Galileo sobre las matemáticas: «Para saber de la naturaleza, no hay nada más que mirarla, leer su libro, que está abierto para todos, pero está escrito en el lenguaje de las matemáticas». La esencia que extraemos de la naturaleza es que se expresa en el lenguaje de las matemáticas y nuestro cerebro es parte de la naturaleza. Nuestro oído hace la transformada de Fourier. Estaba ahí, pero no se sabía de su existencia hasta que Fourier, para resolver el problema de la propagación del calor en una barra, desarrolló su famosa teoría, que elabora matemáticamente el concepto de transformada. 

Más tarde, con la mecánica cuántica descubrimos que la posición es la transformada de Fourier del momento de una partícula y también es cierta su opuesta. Si no hubiera existido Fourier, ¿no funcionaría el oído o no se comportarían la posición y el momento como lo hacen? Claro que se comportarían de la misma manera, pero Fourier fue quien por pura casualidad lo vislumbró. También la antimateria estaba ahí, pero Dirac la descubre haciendo ejercicios matemáticos. Impresiona mucho. Es maravilloso el decir: ¿qué pasa ahí?, y que observando la naturaleza se descubra algo nuevo. La naturaleza se expresa en lenguaje matemático, el cerebro es naturaleza y hace matemáticas, así que haciendo matemáticas recuperas la naturaleza tanto como haciendo experimentos, ya que estás observándola con su lenguaje en lugar de con tus sentidos.

Siguiendo con el símil de la música, ¿compone Bach las Variaciones Goldberg o se las encuentra? ¿Están ahí y Bach las lee en algún recoveco de su cerebro?

Yo creo que en el caso de Bach es más fácil pensar que, aunque estuvieran ahí, él las tiene que recomponer de alguna manera. Sin embargo, lo de Fourier estaba ahí con certeza, ¡estaba funcionando, en el mismo orden! Hace poco escribí un artículo que se titulaba «Las matemáticas y la música» (en el periódico Ahora, de Miguel Ángel Aguilar), en él trataba del misterio de la transformada de Fourier, que no sabemos si existe gracias al cerebro humano o gracias a la propia naturaleza. Me llamó una amiga y me dijo: «Oye, mi hija ha leído tu artículo y ha hecho un trabajo en el colegio», y me manda el trabajo, que explica (es pianista) cómo, cuando hace un acorde, sale esta suma de notas… Y decidí completar lo escrito por la niña y enviarlo a la Revista Española de Física de la Real Sociedad de Física, a pesar de que un investigador me dijo que era muy «trivial». ¿Cómo que muy trivial para la revista? ¡Esto le va a gustar a todo el mundo! Esa hipersensibilidad hacia lo trivial, ese huir de lo que es trivial para los colegas científicos, te imposibilita cualquier manera inteligente de divulgar.

Tú eres profesor y has estado bastantes años dando clases. ¿A cuántos estudiantes calculas que has contagiado tu entusiasmo por la física? ¿Te gusta dar clase? ¿Qué nos cuentas de tu experiencia como docente?

Llevo dando clase desde los veinticuatro y tengo sesenta y nueve años, así que fíjate si llevo años dando clase; cuarenta y cinco años nada menos. He dado clase a todos los cursos y he dirigido treinta y cinco tesis doctorales. A mí me ha gustado investigar, pero he disfrutado muchísimo con la enseñanza, las dos cosas me han gustado casi igual. Y me ha merecido la pena el tener estudiantes mejores que yo. Sería ir en contra de las normas más elementales de la vida y de la sociedad y de la naturaleza si todos los alumnos fueran peores que yo.

Hay un conflicto para ser profesor y científico: a los científicos nos gusta ser personajes conocidos y, a menudo, cuanto más prima donna, mejor científico parece que eres. Pero para ser un buen profesor tienes que conseguir que tus alumnos sean mejores que tú, con lo cual entras en conflicto porque, si son mejores que tú, dejas de ser la prima ballerina. Si tienes sentido común, debes procurar que la escuela te supere. El enseñar, el crear una vocación, mantener el entusiasmo, es una de las labores más bonitas y más gratificantes, solo comparable a la que se tiene en un laboratorio cuando se avanza con un descubrimiento, por modesto que este sea.

¿Cómo te gustaría que fuera la universidad española?

Si algo ha llenado mi vida ha sido la universidad y la ha llenado de ese aroma único, mezcla de contacto con la juventud permanente y el afán creciente de conocimiento. Me considero un privilegiado por haber podido confundir mi profesión con lo más próximo al sentimiento de felicidad. Pero voy a tu pregunta: te voy a hablar de la mía [Universidad Complutense], porque me gusta hablar de lo que conozco. La universidad en España es un sitio en el que si quieres vivir bien, nadie se mete contigo siempre que no des el mínimo trabajo a otro. Yo he conocido varias universidades, he trabajado en Cambridge y en la Universidad Técnica de Dinamarca, y si las comparo con la mía, no entiendo que haya una universidad con tanta gente y con unas facultades que tienen miles de personas. Yo me encuentro a veces desgajado de la universidad a pesar de haber estado toda mi vida en ella. La Complutense es especialmente difícil por los miles y miles de estudiantes y de profesores que hay en muchas facultades. Esto hace que sea imposible que por muy buenos investigadores que haya la gente los conozca. Están sumergidos en la masa. En el último ranking la Complutense no sale mal parada del todo, así que imagínate la de gente buena que debe haber para subir el nivel a pesar de todo el lastre masivo que hay en el denominador.

La Complutense es una universidad a la que yo he querido mucho, porque he vivido muy bien en ella y lo he pasado muy bien, pero no tengo ninguna ilusión de altas cotas científicas en una institución de esas dimensiones y con esta gobernanza. Hay que hacerlas más pequeñas. Una universidad en la que al rector lo nombramos mediante una votación es que no puede ser. Un rector en una universidad no puede hacer lo mismo que hace un político en la sociedad (que eso está muy bien en la democracia, todos sabemos). El rector tiene la limitación de quedar bien con todos y, ¿qué autoridad tiene ante la gente que verdaderamente empuja al carro? Ninguna, es así. Yo creo que la Complutense, si no tiene unos cambios muy profundos sobre todo en la gobernanza y en sus dimensiones, no hay manera de enderezarla, dicho esto con el máximo respeto y cariño que he profesado a todos mis rectores.

Vamos a hablar de tu trabajo. No se puede hablar de Antonio Hernando sin hablar del magnetismo. ¿Qué es el magnetismo?

El magnetismo es un lío del demonio. Se sabía que cuando las cargas eléctricas, los electrones, se mueven, crean un campo magnético. Los circuitos eléctricos crean un campo magnético, como observó Oersted en 1813, las brújulas también, los imanes crean un campo magnético. A mediados del XIX, Ampere dijo: «Si el imán crea campo magnético y las corrientes producen campo magnético, será porque los imanes o la materia están llenos de corrientes». Hasta 1600, que es cuando William Gilbert publica De magnete, parte de lo que se conocía como magnetismo era mesmerismo. Paracelso creía que los imanes curaban las enfermedades, los chinos ya usaban la brújula, que era una cosa misteriosa, bonita, mágica. Luego, cuando se desarrolla el electromagnetismo en la segunda mitad del siglo XIX, resumido en las ecuaciones de Maxwell, se acaba explicando todo el misterio del campo electromagnético, algo que ha respetado toda la física moderna. A partir de la mitad del siglo XIX, los trabajos experimentales de Faraday marcaron el comienzo del estudio científico del magnetismo de la materia. Entre 1900 y 1907, Pierre CuriePaul Langevin y Pierre Weiss establecieron las bases teóricas de la física encerrada en los fenómenos magnéticos.

El magnetismo, concretamente las propiedades de la materia, está ligado a los electrones en los átomos. Pero el magnetismo que conocemos en los imanes no se debe a los electrones dando vueltas alrededor de los núcleos atómicos, sino al spin, un momento magnético solo explicable en un marco cuántico, que es una propiedad extraña de la materia. El magnetismo tuvo una contribución muy importante en el desarrollo de la mecánica cuánticaEn 1926 Heisenberg explicó en un marco cuántico que el origen de los imanes era la interacción culombiana repulsiva entre los electrones. Por otra parte, según la mecánica cuántica los momentos magnéticos de los átomos estaban cuantificados y eso es lo que Hund empíricamente explicó y la escuela de Madrid, dirigida por Blas Cabrera y que contaba con DuperierMiguel Catalán y Velayos, entre otros, se propuso comprobar experimentalmente en el Instituto Rockefeller, entre 1925 y 1936. Para ello midieron los momentos magnéticos de los átomos de tierras raras, con lo que confirmaron las predicciones de Hund.

A partir de los años treinta los investigadores orientados al mundo de las aplicaciones desarrollan materiales magnéticos para ser utilizados como núcleos de transformadores, motores y generadores que multiplican el flujo de campo para una utilización óptima de la ley electromagnética de la inducción descubierta por Faraday. Las empresas americanas como General Electric o Bell Telephone son las que empiezan a hacer investigación aplicada. A partir de ahí el magnetismo cada vez se utiliza más, los imanes se van mejorando con el desarrollo de la física del estado sólido y de los materiales, y llegamos al momento actual en el que es muy difícil decir en qué aparato o mecanismo no interviene el magnetismo. Cuando la gente me pregunta: «Oye, eso que haces, ¿sirve para algo?». Respondo: «Lo que es difícil es encontrar algo para lo que no sirva». 

Todo, absolutamente todo, está lleno de imanes, todo está lleno de campo magnético, un vídeo, la pantalla de la televisión, la memoria magnética, las ondas electromagnéticas, el campo electromagnético, todo. No hay nada que no esté contaminado de magnetismo; la luz del sol que nos da la vida, las tormentas, el campo magnético terrestre, los campos magnéticos que produce nuestra actividad neuronal o los numerosísimos imanes que son los núcleos de los átomos de hidrógeno que estructuran el agua de la que estamos constituidos en un setenta por ciento son ejemplos naturales de campos electromagnéticos, cada día más útiles según desarrollamos nuevas tecnologías como las células fotoeléctricas, los sistemas de navegación, los sistemas de predicción meteorológica, los magnetoencefalógrafos o los sistemas de diagnóstico por resonancia magnética nuclear.

La historia del magnetismo es muy interesante porque es un ejemplo de cómo lo más básico, una interacción fundamental de la naturaleza, que ha contribuido a la fundamentación de la mecánica cuántica, ha sido tan abrumadoramente rica en todo tipo de aplicaciones. 

Antonio Hernando Para JD 7 768x513

¿Por qué la tierra tiene un campo magnético y en cambio Marte no lo tiene? ¿Cómo pudieron saber los exploradores que llegaban al Polo Norte, si este no está en el polo norte magnético? ¿Tenemos magnetorreceptores para orientarnos como algunas aves y otros animales? 

Parece ser consenso bien establecido en la comunidad científica que el origen del campo magnético terrestre se encuentra en los movimientos de materia en la zona líquida que constituye el núcleo externo de la Tierra. El giro del planeta y la progresiva solidificación del núcleo interno se han considerado desde hace tiempo, junto a la aceleración de Coriolis asociada al giro, ingredientes indispensables de la génesis del campo magnético. 

Actualmente se acepta con amplio acuerdo el modelo de geodinamo, que describe el efecto de autoalimentación de corrientes eléctricas generadas en el núcleo externo por efecto del propio campo magnético que generan. La descripción rigurosa de las corrientes inducidas en el núcleo requiere un formalismo de ecuaciones magneto-hidrodinámicas no lineales en las que las condiciones de contorno, como son los rozamientos manto-núcleo y núcleo interno-núcleo externo son imposibles de conocer con precisión. 

El problema del origen del campo terrestre ha atraído a los científicos próximos a la física teórica y a la física experimental. Hoy se acepta que las corrientes generadoras del campo son de tipo convectivo y que se inducen durante el proceso de solidificación del núcleo, que impulsa gravitacionalmente a los elementos más ligeros a viajar desde la superficie del núcleo interno a las zonas externas del núcleo externo en un movimiento conocido en la jerga con el nombre inglés de buoyance y que viene a querer decir algo así como flotación, salir a flote. 

Los átomos ligeros, al viajar a través del núcleo externo hacia la interfaz núcleo-manto, se encuentran sometidos a la fuerza de Coriolis que da lugar a un efecto geodinamo que mantiene las corrientes eléctricas asociadas a la buoyance. El hecho de que no lo haya en otros planetas es porque probablemente carezcan de estas características, por ejemplo que el núcleo líquido, en caso de existir, se esté solidificando. 

Los exploradores debieron saber que llegaron al polo norte magnético por la indiferencia orientacional de la brújula, pero el Polo Norte geográfico está a unos 1600 km, en Canadá, y ese lo identificaron por la Estrella Polar utilizando un sextante. En cuanto a si tenemos magnetorreceptores, no se sabe con precisión si los descubrimientos continuos de zonas orgánicas que contienen ferritina significan que existen magnetorreceptores relevantes para la actividad biológica humana. 

Algunas preguntas sobre el magnetismo y sus aplicaciones: ¿Cómo puede ser que gracias al magnetismo pueda levitar un tren entero y avanzar a gran velocidad? ¿Cómo se utiliza el electromagnetismo en las aplicaciones médicas como electroencefalograma, RMN y TAC?

La razón por la que levita un tren magnético hay que buscarla en la ley de Faraday y la repulsión de los polos del mismo signo. Los trenes se sustentan en vías formadas por circuitos superconductores en los cuales la proximidad del imán que tiene el tren debajo induce una corriente por ley de Faraday. El polo creado por esta corriente y que se encuentra más próximo al imán del tren es del mismo signo que este, y por tanto se produce una repulsión que mantiene la levitación. No existe, entonces, más rozamiento al movimiento que el debido al choque con las moléculas del aire. Es todo lo contrario en un tren convencional, que anda porque hay rozamiento, porque si no hay rozamiento no podrían girar las ruedas. El tren de levitación, al sufrir un empuje, se desplaza sin resistencia por encima de la vía superconductora.

Sobre las aplicaciones médicas, es verdad que cada vez hay más. La resonancia magnética nuclear está basada en que el agua de nuestro cuerpo tiene hidrógeno, con un núcleo que tiene un protón y ese protón tiene un momento magnético debido a su spin. Sintonizando con un campo electromagnético a la frecuencia de esos protones, que es la frecuencia a la que giran en torno al campo magnético constante, puedes medir el tiempo de relajación longitudinal y el tiempo de relajación transversal y sus valores describen el entorno en que giran. Variaciones de esos tiempos con la posición de observación significan variaciones del entorno que se pueden digitalizar y colorear dando lugar a esas magníficas imágenes que todos hemos observado.

La magnetoencefalografía es una de las aplicaciones médicas más importante. Se basa en medir el campo magnético que producen las corrientes neuronales. Evidentemente, una neurona sola no se puede detectar, el nivel de intensidad que tiene es diez elevado a doce veces el campo magnético terrestre. Sin embargo, los detectores llamados SQUID lo miden. Cuentan con doscientos sensores distribuidos externamente por el cráneo y, midiendo los campos producidos en cada sensor por una actividad cerebral concreta, podemos saber dónde están las fuentes, resolviendo el complicadísimo problema conocido como problema inverso, cuya matemática de resolución es realmente bella. Esto es una cosa apasionante. Es una técnica nada agresiva, solo hay que medir los campos magnéticos y puedes medir las correlaciones, es decir, los movimientos colectivos de las neuronas, las transacciones colectivas. 

A mí esto me recuerda siempre a Paracelso y todos aquellos magos precientíficos que intuían, sin utilizar el método científico, que el magnetismo que tenemos dentro permite curar las enfermedades con un imán, algo que hoy parece una locura, pero bien pensado debemos reconocer que tenían parte de razón.

Hay muchas creencias falsas sobre el campo magnético, perjuicios y beneficios como los del agua imantada, las pulseras magnéticas, el mesmerismo o el miedo a las antenas de wifi. ¿Qué impacto pueden tener estas creencias?

En la radio y en la televisión habla mucha gente de los efectos de campos electromagnéticos. Dicen que las ondas magnéticas son malísimas y buenísimas a la vez. En ambas cosas se ve que hay un negocio detrás, y no es extraño que haya personajes, como alguno que yo conozco, que están en los dos lados. Esto muestra una ignorancia generalizada. La cultura científica media es muy baja, somos analfabetos científicos, un terreno abonado para contar cualquier milonga. Sería recomendable hablar de si algo hace daño o no hace daño, si cura o no cura, pero en los términos en los que está planteado el problema es un desastre. 

Existe un comité de expertos en radiofrecuencias que ha participado en publicaciones específicas y actos públicos para tratar de plantear con rigor científico este problema social, que afecta a todos, sobre la relación de las intensidades de radiación con la salud humana. Para abordar esta problemática hay que huir de planteamientos como el de si el campo magnético es bueno o es malo, que no se pueden admitir. La vida es un efecto electromagnético, la célula, la química es electromagnetismo, sin luz no hay vida en la tierra. Es elemental saber que el efecto depende de las dosis, y que la dosis de seguridad depende de la frecuencia. El agua ¿es buena o mala? Se ahoga la gente en el agua, te puedes beber diez litros y te mueres, pero el agua es necesaria para la vida y somos más del 70 % agua.

Yo siempre he pensado que la Real Academia de Ciencias sería el sitio adecuado para, trabajando en cooperación con el Comité de Radiofrecuencias y Salud, dependiente hoy del Colegio Oficial de Ingenieros Superiores de Telecomunicaciones, elaborar la información adecuada. Pero lógicamente los académicos solo encontrarían dificultades al meterse en ese berenjenal, ya que la ideologización de las posturas difumina los tintes de cordura científica y hace sospechoso de partidismo a cualquiera que se acerque al núcleo de la cuestión. El comité de expertos está funcionando muy bien, pero mejoraría su eficacia trabajando coordinadamente con la Academia. La nueva Asociación de Amigos de la Academia tendría que animar a los académicos a ser partícipes en esta tarea. 

El científico siempre tiene en estos casos una debilidad; si un juez pregunta si se puede garantizar que el cáncer que tuvo un niño no era motivado por un campo, por pequeño que este fuera en intensidad, el científico tiene que responderle que no puede garantizar nada, que la ciencia funciona como fruto de las observaciones. Lo que puede decir es que hasta ahora nadie ha observado que, con tales valores de intensidad de campo de esta frecuencia, se produzcan daños. Eso no dice que no se dé en un caso o que no se vaya a observar, y eso es la ciencia. Una vez le dije a un juez (el abogado me dijo que no sabía cómo el juez no me había echado de la sala): «Mire usted, yo no puedo asegurar nada, es como si me pregunta su señoría si ha estado esta noche aquí sentado el arcángel san Gabriel. Yo no le puedo decir que no, pero estará usted de acuerdo conmigo en que la probabilidad es muy baja, al fin y al cabo, es una visión científica que la probabilidad de que haya estado el arcángel san Gabriel cenando esta noche aquí con unas amigas es muy baja». 

Nos han enseñado que la ciencia es algo establecido, que debe ser respetado como tal, sin embargo, constantemente hay avances que, según algunos, niegan los descubrimientos anteriores.

Que la ciencia evoluciona negando lo anterior no es verdad así de entrada. Einstein corrige a Newton en el límite de altas velocidades, que es muy distinto. Tengo un amigo que es un sabio de la ópera, un erudito, que ha asistido a un curso que se llama La muerte de Newton, en el que Einstein mata a Newton y Picasso mata a alguien, no recuerdo a quién, todo pasa en el mismo momento histórico, y le digo: «No, déjate de cuentos, que yo no sé muy bien a quién mató Picasso, pero a Newton no lo ha matado nadie». ¿La mecánica cuántica mata? No, amplía lo que está bien establecido en la ciencia. ¿Cómo vas a matar a Newton, si Newton ha calculado cómo van a ser las mareas de Laredo de aquí a diez siglos, con una precisión de milímetro? ¿Cómo vas a matar a ese científico? 

No, lo que está bien establecido en ciencia se va matizando, complementando, generalizando, extrapolando. Esto es muy importante y es un concepto que necesita explicarse y divulgarse para que la sociedad lo entienda. Este año di una conferencia sobre las tormentas, es una preciosidad explicar cómo un rayo sube de la tierra a la nube (no va de la nube a la tierra), la nube marca el camino, pero el rayo sale de la tierra hacia arriba, y todo el mundo decía: «Entonces, ¿es falso cuando dicen que te ha caído un rayo?». Cuando acabé la conferencia me preguntaron varias cosas que no sabía y les dije: «Verán ustedes que no valgo para tertuliano». Eran preguntas como: «Me ha dicho una monja que si duermo con la cama mirando del norte al sur se duerme mejor y mejora la circulación de la sangre. ¿Usted qué cree?». «Pues puede ser, puede ser». Y otro: «A mí me ha mejorado el colchón magnético que me compró mi cuñada». Y digo: «Pues siga usted durmiendo en él». Qué le vas a decir.

Eres director del Instituto de Magnetismo Aplicado (IMA), y has dicho en alguna ocasión que si tu instituto fuera una empresa estarías repartiendo dividendos. ¿Serías rico si te hubieras ido por ahí y no has querido hacerlo? ¿La ciencia puede generar tecnología y dividendos? ¿Hay algún científico bueno que se haya hecho rico?

Quizá un científico pueda hacerse rico por ahí fuera, pero en España es difícil que lo haga. Aquí no ha habido ninguna correlación entre ser buen científico y ser rico, más bien al contrario. No conozco ningún científico en España que se haya hecho rico con la ciencia. El IMA es un instituto que surgió de una cierta componente coyuntural política, feliz para la ciencia, cuando estaba de ministro Solana, y hemos sido capaces de ganar millones de euros para la universidad en los treinta años que lleva el instituto funcionando, por eso hemos durado. 

También hemos contribuido a crear una empresa con aplicación muy concreta. Pero con cierta frecuencia la industria no valora el conocimiento científico. Para algunos empresarios lo menos importante del negocio es la componente científica. Desde esa perspectiva, ese tipo de empresarios tienen poco respeto por el trabajo del investigador. En general no hemos tenido quejas del trato recibido por nuestros clientes empresariales, sino todo lo contrario. Sin embargo, parece que una política empresarial de luces largas no existe, yo no la conozco. Quizá en la industria farmacéutica, pero en las otras no está extendida. Los empresarios quieren, como es natural, beneficios. Es la esencia de la empresa, pero ¡hay que mirar con luces largas! Yo podría escribir un libro con anécdotas de estas, que son muy interesantes y creo que ilustrativas. 

De todas maneras yo creo que es más científico hacer un poco de autocrítica y reconocer cuántas veces también nosotros lo hemos hecho muy mal y los empresarios se han ido. Ha habido a veces falta de rigor por nuestro lado, y cuando un empresario te plantea un problema concreto, a veces lo que hacemos es intentar calmarles con unas ecuaciones y unos experimentos muy sofisticados que no abordaban directamente el problema, y eso también es verdad. O sea, que ha habido una falta de entrenamiento en esa cooperación por las dos partes y ellos no se fían del todo de la universidad, no se fían de nosotros porque piensan que solo nos interesa el saber abstracto y el rigor. No se creen que lo que sabemos nosotros les sea útil, es que es así, no se lo creen. A veces, ni los unos ni los otros, porque nosotros tampoco creemos con certeza que podamos ser útiles para ellos en algunas cosas que nos piden. Yo vengo haciendo este juego hace treinta años y me lo empecé a creer de verdad hace diez. Es una cuestión de tradición, en el País Vasco, por ejemplo, estos problemas de relación industria-investigación son mucho menos frecuentes. 

El Estado tiene que garantizar la investigación básica, pero tiene que haber una atmósfera en torno a ella que comunique y reciba de la sociedad. Es la empresa la que tras aceptar, como base, la relevancia económica del conocimiento científico y económico debe, por su interés, ser la protagonista de esa comunicación tan deseable como necesaria. En el IMA podríamos tener cinco becarios de las empresas y cinco becarios del ministerio y a diez años seguro que las empresas ganaban, que es lo que llamo política de luces largas.

Cuando a un científico le interesa la literatura u otra cosa, y la practica, frecuentemente sus colegas le acusan de frívolo. Creo que los propios científicos no encajamos bien estas necesidades. 

Es una cuestión compleja en la que se mezcla la envidia y, por otra parte, una componente bien fundada. Hablemos de la primera. Yo creo que nosotros ganamos, para nuestro prestigio social medio, muy poco dinero en un mundo en el que el dinero es muy importante. Tenemos esa frustración de ganar poco dinero y la tratamos de atemperar por la vanidad. Es a eso a lo que me refería cuando te decía que el científico siempre quiere ser una vedette. Todos queremos ser prima donnas y nos fastidia que otro tenga una proyección distinta que le puede promocionar, y de entrada ya cuenta con una cierta animadversión, que no es peligrosa pero es inevitable.

El otro día hablando con varios jueces en una tertulia, me preguntaron si ya que había diseñado una pulsera antimaltrato, no podría hacer una pulsera que detectara la corrupción. Yo creo que la evolución ha creado antídotos para los vicios ancestrales y biológicos, pero para los vicios culturales como el ansia por el dinero o la vanidad del investigador, para esos no hay antídoto, nunca se sacian. Pueden darte lo que quieras, el premio no sé qué, el premio no sé cuánto y, en vez de disfrutar, te amargas porque aún no te han dado ese otro premio que aún te falta. Yo fui catedrático con treinta años, me han hecho académico, me han dado montones de premios significativos, y tendría que pensar: «Antonio, qué suerte has tenido», pero no me han dado otros premios más importantes y no puedo evitar que eso me fastidie… A veces, incluso parece que no te valen de nada los que te han dado, sino que te hacen sufrir por los que no has conseguido. 

Esta locura autodestructiva nos pasa a los científicos porque no tenemos la posibilidad de hacernos ricos. Otros, como algunos banqueros y financieros, por ejemplo, lo que quieren es tener el yate más grande y, aunque tengan un barco envidiable, si no es más grande que el del amigo, lo pasan mal en vez de disfrutar. Nosotros lo pasamos mal cuando le dan el premio al otro. Tenemos esa limitación. Eso es un reflejo del ego genético para sobrevivir. Lo que sí sería muy bueno es controlar la saciedad del ego, es decir, en algún momento decidir que hay que disfrutar y que no nos hace falta alimentarlo más. El otro día con Pedro Echenique comentábamos cuántas veces, en vez de disfrutar entendiendo cosas, hemos actuado bajo la presión de publicar. Bueno, pues ahora que ya no me aporta ningún beneficio profesional, prefiero leer un poco más despacio a Edward O. Wilson, ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer, que no nos den ya más premios ni nada, que ya tenemos bastantes.

Has hablado de amigos tuyos que han sido físicos y también políticos, como Javier Solana. ¿Cómo ves tú a Solana, un físico que se fue a la política?

Javier Solana ya ha pasado a la historia como un magnífico político respetado por la comunidad internacional, de esos que honra a la actividad. Es un español que alcanzó los puestos jamás imaginados por ningún otro político español coetáneo suyo. Un político que durante unos años en que no había terreno de juego público para él, ejerció con brillo la profesión de investigador y profesor de física. Toda la obra científica de Solana, muy importante y sólida para el tiempo que a ella se dedicó, ha quedado eclipsada por su talla política internacional. Hay algo que le diferencia de, por ejemplo, otros dos amigos, Juan Rojo y Pedro Echenique, y es que estos han sido físicos que dedicaron un tiempo a la política. Pero tienen algo en común y es que cada uno de los tres han ejercido muy brillantemente ambas labores. Su amistad ha sido y es una fuente continua de placer intelectual y de aprendizaje.

Este sitio utiliza cookies. Si continúas navegando entendemos que aceptas su uso Política de Cookies